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El Presidente, la polilla y el trueno

Travis generation el nombre de un personaje afligido en las ficciones de Ray Bradbury. Un viajero en el tiempo. Un monitor contratado para asociarse un safari en el pasado, en poco muy parecido a un parque jurásico. Y que al regresar encuentra una polilla muerta en el zapato del cliente. Un detalle leve, que desata un trueno furioso: la paradoja del tiempo. Todo se desordena en el presente, por haberlo confuso en el pasado.

Bradbury recopiló esa angustia en un ejemplar de nombre inolvidable: Las doradas manzanas del sol. Lo publicó en 1953, en la prehistoria de la thought de un parque jurásico, 10 abriles ayer de que su ficción se transformara en ciencia y el meteorólogo Edward Lorenz formulara su argumento sobre el “comportamiento caótico de los sistemas inestables”. Lorenz hablaba del clima, sobre el cual se preguntaba: ¿puede el aleteo de una polilla en Brasil provocar un tornado en Texas?

Desde entonces (o fortuna ayer, para los matemáticos que leían a Henri Poincaré), el “efecto mariposa” se ha transformado en una thought recurrente de las ficciones posmodernas.

Jorge Luis Borges –quien admiraba sin pudores las fantasmagorías futuristas de Bradbury– lo versionó con angustia: hasta que llegue a uno la persona esperada, el universo tiene que ejecutar una infinita serie de actos concretos, innumerables como la enviornment. “Un monje tiene que soñar con un ancla, un tigre tiene que morir en Sumatra, nueve hombres tienen que morir en Borneo”.

La distopía de una pandemia que ha trastornado al mundo impasible le ha permitido a Ian Goldin, profesor en la Universidad de Oxford, postular lo opuesto: el “defecto mariposa”. Goldin sostiene en estos días que el mundo se enfrenta a una paradoja: los esparcidores por paradigma de los fortuna de la globalización son igualmente los difusores de sus males. Aeropuertos, redes financieras interconectadas, plataformas virtuales de información.

En la Argentina, la simplificación de la resquicio ofrece un contrasentido decano. La medio del país se considera polilla pisoteada por el zapato opresor en 2015. La otra medio igualmente, pero al revés y cuatro abriles a posteriori.

El problema es apt para quienes gobiernan. Porque tienen que mandar para todos. O, como dicen los sociólogos progresistas, domar el potro de la sociedad civil. Y es inalcanzable pensar un país como el que enunció Alberto Fernández, con los buenos de su banda y los malos en la concurso. Eso es un fuero ilusorio para fanáticos.

Las consecuencias ya se perciben. Una sombra de anomia se esparce sobre la suceso política. La normatividad es lo primero que cruje cuando se desconoce el entendimiento social.

La provincia de Buenos Aires es en estos días un polvorín en situación más que delicada. Es allí donde la pandemia avanza sin mesura alguna. Su aporte trágico ha sido central para empujar el nivel de víctimas fatales hasta un número que Alberto Fernández nunca imaginó: “Yo me voy a dormir y no cargo sobre mis espaldas con 10 mil muertos por coronavirus”, decía en abril pasado.

Pero si en algún distrito es inalcanzable a esta importancia retroceder al confinamiento extremo es en el país gobernado por Axel Kicillof y frightful electoral de Cristina. Al contrario: al clavija rojo lo apretó un amotinamiento de los policías bonaerenses que deberían realizar el regulate.

Las autoridades políticas salieron urgente a intentar sofocar con plata esos conatos de levantamiento de altísimo aventura institucional. Pero ocurre que el antecedente inmediato fueron las graves disidencias entre los responsables de la seguridad provincial y doméstico: Sergio Berni y Sabina Frederic, los dos del mismo partido gobernador.

Y no son divergencias menores. No se ponen de acuerdo en lo que es delito. Nulo menos. Pudo estar en el conflicto aún irresuelto de la usurpación de terrenos por grupos impulsados por organizaciones políticas. A la sazón, igualmente identificadas con el partido de gobierno.

A la reacción en espejo frente al desgobierno de esas cosas, la protagonizaron otros bonaerenses, pero del ártico próspero de la misma provincia. Impidieron el ingreso de Lázaro Báez a un judería cerrado, pese a una orden contencioso en contrario. Con los mismos argumentos de facto que el oficialismo utiliza para dominar a los jueces y fiscales que investigan a Cristina.

¿Cómo distinguir las normas en un país donde el Presidente promueve que las leyes que vota el Congreso tengan una dudosa validez legislatura? ¿En qué instituciones puede respaldarse el ciudadano popular para que se interpreten esas normas? Desde la Corte Suprema hasta los magistrados inferiores, todos están bajo cuestionamiento o sospecha como una corporación de conjurados para la persecución política.

Ya nadie sabe correctamente quién pisó la polilla. Sólo se presiente el sonido del trueno.

Fernández. La provincia de Buenos Aires, preocupación para el Presidente. (Presidencia)

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